RELATOS de Mara Torres

Mara Torres es periodista, escritora, locutora de radio y presentadora de televisión, desde el año 2006 forma parte de los Servicios Informativos de Televisión Española donde presenta La 2 Noticias, el informativo más premiado de la historia de la televisión.

Licenciada en Periodismo por la Universiad Complutense de Madrd, completó sus estudios de postgrado y Doctorado en el Departamento de Lengua y Literatura. En 2008 comenzó estudios de Literatura Comparada en la Facultad de Filología

Durante doce años trabajó en la Cadena SER, donde dirigió y presentó, entre otros, el programa de entrevistas A contraluz y el programa Hablar por hablar. En su labor como escritora ha editado "Hablar por hablar. Historias de madrugada"; "Sin ti. Cuatro miradas desde la ausencia" (libro finalista en el IV Premio Setenil al Mejor Libro de Relatos publicado en España) y "La vida imaginaria", su primera novela de ficción, con la que quedó Finalista del Premio Planeta en el año 2012. Por su labor profesional Mara Torres ha recibido varios premios, entre ellos la Antena de Oro y el Micrófono de Plata.


A continuación puedes encontrar recopilados algunos de los textos/relatos escritos por Mara Torres y que han sido publicados en diferentes revistas.

- EL ESPEJO
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Gabriela.
–Gracias, doctor. Y, disculpe otra pregunta... ¿ahora tengo que esperar a que me llamen o…?
–Lo más importante, Gabriela, es que esté usted tranquila… Ahora la enfermera le dará hora para la siguiente cita, no se preocupe.
–Bueno, bueno, entonces ya me voy. Gracias otra vez, doctor.
Ay, madre mía, qué voy a hacer ahora con esto que me cae encima. Y ¿cuándo se enteren mis hijos? Ay, mis hijos, Dios mío, cuando se enteren... Querrán venir y venir no pueden, cómo van a venir... Julita querrá venir, claro, pero con la universidad empezada, a ver de dónde va a sacar el dinero para el billete. Nada, nada. De momento no se lo digo, ni a ella ni a su hermano, si tienen que saber algo ya se enterarán más adelante, que don Ramón ha dicho que todo va a ir bien, así que no me voy a asustar ahora por esto con todo lo que llevo ya a la espalda…ni hablar… (Se abanica) Cómo tarda el 27, con el calor que hace y lo tarde que llego ya, espero que la señora no esté en casa todavía, no sé dónde me dijo que iba hoy, no me acuerdo…
Ahí viene un taxi libre, estoy por cogerlo... Ay, Dios mío, si digo tonterías ¡teniendo metrobús! Además, mira, ya está aquí. (Sube al autobús). Hay sitio al fondo, ¡qué suerte! (Se sienta y apoya la cabeza en la ventanilla) Qué suerte y qué cansada estoy y esto no acaba más que empezar… Mañana tengo que ir a la Seguridad Social, que me ha dicho don Ramón que teniendo los papeles y el contrato no tengo problema con la baja, eso me ha dicho él, o yo le he entendido eso por lo menos. (Suspira largamente)
Tantos años trabajando y es la primera vez que me pongo enferma... ni una sola gripe y ahora ni siquiera sé lo que tengo que hacer… La semana que viene tendré que ir a ver a la asistenta social, que don Ramón dice que los medicamentos y todo eso también lo cubre, que yo no tengo que pagar nada y que si las cosas fueran muy mal muy mal… que también me pagarían lo del pecho. Y la peluca dice que me la prestan. Ay, la peluca…con el pelo tan bonito que yo tengo…menos mal que aquí no me ve nadie, si se me cae y me tienen que ver los míos a mí me da algo. Aunque luego las famosas mira cómo salen con sus pañuelos, tampoco pasa nada…Pero me tendré que hacer un par de gorros... menos mal que el punto se me da bien... así estoy entretenida mientras dura el tratamiento, porque por más que me empeñe, dice don Ramón que tendré que parar de trabajar porque no podré cargar peso, ni limpiar ventanas, ni venir con la compra... ¡pero bueno, si es mi calle! (Baja del autobús). Si es que tengo la cabeza perdida....No sé si habrá llegado la señora, a la señora se lo tengo que decir la primera, que me ha entrado lo del cáncer, ay madre mía, si sólo decir la palabra me asusta... menudo disgusto se va a llevar... que llevo casi quince años en su casa y ahora cuando le diga...
(Al portero) –Buenos días, Mariano, dame el correo, anda, hoy no me entretengo contigo que tengo prisa.
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Encarna.
–Muchas gracias, Emilio, te lo llevo diciendo muchos años, pero te lo repito ¡qué haría sin ti!
–Encarna, déjame que te haga una pregunta… ¿quieres que lo sepan tus hijos?
–Ay… no lo sé, Emilio, no lo sé… Lo voy a pensar. De momento, no, pero déjame que lo piense.
–Tampoco hay mucho que pensar, Encarna…Anda, te acompaño a la salida y voy a decirle a Carmen que te dé hora para la semana que viene.
Ay, Señor, Señor…Lo que me faltaba ahora. ¡Cáncer! Así, como suena: cáncer. Y a mí. Y a mi edad. Dice Emilio que esté tranquila, pero ¡cómo voy a estar tranquila! ¿Y los chicos? A los chicos se lo tendré que decir. ¡Los chicos, aún pienso en ellos como si fueran niños y los niños los tienen ellos! Dios mío, cómo pasa el tiempo… Y tiene razón Emilio, no hay que darle muchas vueltas, cuando vengan a comer a casa el domingo se lo digo. Marieta seguro que me regaña… que si por qué no me dejaste que te acompañara al médico, que si siempre tienes que hacer las cosas sola, que si patatín, que si patatán. Le diré que no estoy para regañinas, que bastante tengo ya con lo que tengo.
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–¡Taxi!
(Entra en el taxi, da su dirección y empieza a abanicarse a trompicones, al ritmo que le marcan los pensamientos) ¡Virgen santísima... qué calor hace en Madrid, si no parece que se haya ido el verano! ¡Cáncer! No se me va la palabra de la cabeza. Y ahora a ver... porque con la pensión de viudedad tampoco estamos en casa para lanzar cohetes, aunque Emilio dice que la Seguridad Social lo paga todo, pero en fin... ya veremos, porque yo, si tengo que esperar, prefiero ir por el seguro, aunque dicen que la pública es mejor, pero yo ya no sé nada. A Purita desde luego la dejaron estupenda, han pasado tres años y lo que yo le digo “¡Purita, hija, si estás mejor que antes!”. Pero el pecho a mí que me lo haga el doctor Hidalgo, que para eso me conoce, y si tengo que tirar de los ahorros, tiro, que para eso están. ¿Pues no me ha parecido oírle a Emilio decir “Por el pelo no te preocupes que luego crece más fuerte”? Eso me ha parecido... Pues anda, me he pasado toda la vida yendo a la peluquería a teñirme las canas y ahora resulta que me voy a quedar calva. Ya ves tú. Ya estoy casi en casa. (Pide al taxista que la deje en la puerta del portal, paga y sale del coche) Y mi Gabi cuando se entere, la pobre, después de todo lo que ha pasado esa mujer…Venir a la capital, dejar a los hijos tan pequeños y trabajar toda la vida en una casa que no es la suya. ¡Ay, Gabi, algún día tendré que devolverte todo el amor que nos has dado! Le tendré que pedir que me haga unos gorros, que a ella el punto se le da de maravilla. Y de dramatizar nada. Ya sabe ella que en casa no se dramatiza. Las cosas vienen como vienen y punto.
(Entrando en el portal)
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– Buenos días, Mariano.
(Mariano se adelanta y le abre la puerta del ascensor principal)

El espejo.
Encarna abrió la puerta y enseguida supo que Gabriela estaba en casa por el olor a guiso que salía de la cocina. Fue directamente a su habitación, dejó el bolso encima de la cama y entró en el cuarto de baño. De pie frente al espejo se quitó muy despacio la blusa. El pecho, sujeto por un sostén de encaje azul, mantenía el tono cobrizo del verano. Se miró a sí misma desafiante. “Lo voy a superar” se dijo, y sonrió. Al otro lado de la pared, en el espejo del baño de la zona de servicio, se miraba Gabriela. Su piel blanca se arrugaba por encima del sujetador de algodón blanco. De repente sintió que alguien le sonreía desde el otro lado. También sonrió. “Si te digo que tengo la cabeza perdida”. Se puso la camisa y salió del baño.
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Fuente: Relato inédito de Mara Torres publicado en el libro Nosotras, con motivo del Día Internacional Contra el Cáncer de Mama (19/10/2011) https://www.aecc.es/Nosotras/Relato6

- MI PERRO Y YO
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He subido al coche para ir a hacer la compra, y al abrir la guantera para buscar no sé qué papel, he empujado sin querer el rodillo ese que tiene una pega para quitar las pelusas de la ropa y que para nosotros siempre ha sido el ‘rodillo de los pelos del perro’. Ha rotado por la guantera y lo he pillado al aire. Y me he quedado así, quieta, con el rodillo en la mano sin saber muy bien qué hacer con él porque tú ya no vas a volver.
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Eras un perro gigante. En casa llevaban doce años tomando decisiones en función a ti: ‘Al final, ¿qué?, ¿nos vamos de viaje este puente?’. ‘Pues es que las niñas (las ‘niñas’ por nosotras, qué risa) también se van fuera y no puede quedarse nadie con el perro’. Los viajes, la fiesta que hace no sé quién fuera de la ciudad, que si la cartilla del veterinario, que si no te olvides de traer el saco de pienso, que vigiléis que el cacharro del agua esté lleno, que dice papá que si le acompañas a dar una vuelta con el perro, que si dónde hemos dejado la correa, que si otra vez está malo de los oídos. Y el coche. Nosotros siempre tuvimos uno familiar no porque fuéramos numerosos, sino porque éramos una familia con perro. De hecho, controlábamos cómo estabas por cómo te subías al maletero: ‘Mami, ¿qué tal está el perro?’. ‘Fenomenal, se sube al coche de un salto’.
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Cuando íbamos a la playa te tirabas toda la mañana inquieto, te ponías al lado de donde estaba tu correa y mirabas a la correa y nos mirabas a nosotros. A nosotros y a la correa. Y hasta que no decíamos lo de ‘tranquilo, que no te vamos a dejar aquí‘, no parabas de mirar. En los trayectos, te acoplabas en la parte de atrás hecho un ovillo y apenas te movías, pero en cuanto notabas el olor del mar, te volvías loco... Te levantabas tan excitado que te dabas con la cabeza en el techo del coche y nosotros nos partíamos de risa de lo torpe que eras y de lo contento que te ponías. Luego sacabas el hocico por la ventanilla de atrás y te quedabas con los ojos semicerrados durante un buen rato.

Me acuerdo del último viaje que hicimos juntos. Yo ya no vivía en casa y me había tocado quedarme contigo el fin de semana, así que nos fuimos a la casita que tenemos cerca de un pantano a las afueras de Madrid. Y no veas cómo lo pusiste todo de pelos. Había bajado los asientos traseros para que cupieras en mi maletero y los pelos llegaron hasta el salpicadero. La tapicería negra se puso blanca y los cristales de atrás perdidos de babas porque anduviste olisqueándolo todo. Llovía a cántaros, pero dio igual; nos pasamos horas caminando por el pinar que hay detrás de la casa. Yo te gritaba: ‘¡Que no te metas en los charcos!’, pero como tú a esa frase siempre le hiciste oídos sordos, esperabas a que te tirara otra vez la pelota, salías corriendo a por ella por la parte más embarrada, profunda y blanda del camino y volvías cubierto de fango hasta las cejas, con la bola en la boca y con cara de ‘aquí no ha pasado nada’.

Y sólo ha pasado que ya no estás. Que tengo un rodillo en la mano que es tuyo, de tus pelos. Que los cristales de mi coche están limpios, pero yo querría que tuvieran babas, y que la tapicería me parece hoy más negra que nunca.
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Fuente:  Mara Torres para la revista Autoclub (Julio de 2008).

- PUÑALADA SIN TI O PARTO MÚLTIPLE
Mara Torres, julio 2007.
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....."Esta ciudad es una puñalada sin ti".....
.....Apoyó la cabeza en el cristal de la ventanilla y volvió a leer el mensaje. La ciudad de su primer viaje se le fue acercando en forma de dibujos a bolígrafo. No habían llevado cámara de fotos y Vera compró un cuaderno de color rojo en el que dibujaba por las tardes las cosas que habían hecho y escribía debajo frases como de parvulario: Esperando en la cola del Museo/ Daniel elige un pin / Bobadas en la arena de la playa / A Vera le hace daño la sandalia. Tiritas para Vera / La mancha del helado de dos bolas / Paseando / Jugando / Risas. Cerró los ojos. Habitación 407. La tierna pareja adolescente se reconvertía a medianoche en una manada de bestias primerizas. Arrebatadas, febriles, perdidas. Se precipitaban sobre la cama como alimañas desvergonzadas y reptaban desde el vientre hasta los muslos en un idioma indecoroso, desconocido y extenuante. Descubriéndose. Ensuciando las sábanas. Gritando y arrancándose la voz, la piel, la carne y las vísceras. Segregando savia de deseo hasta quedar inundados y vacíos, ignorando el tiempo y las horas, sin dormir y sin respiro. Vera se ruborizó en su asiento cuando notó que se había mojado las bragas. Fue al baño. Volvió.
.....Empezó a pensar en su perra. Precisamente, un minuto antes de subir al tren, su hermana le había llamado para decirle que la perra acababa de ponerse de parto. "Ya han nacido dos cachorros, pero vienen más! -dijo- ¡Vente, Vera, que es muy emocionante!". Nadie sabía que no podía ir porque estaba en un tren sin billete de vuelta.
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.....Llovía. Las gotas golpeaban con tanta violencia el cristal que parecía que el paisaje había sido pintorrejeado por un demente. Volvió a pensar en Daniel. Y otra vez en su perra. La imaginó sobre el mármol del cuarto de baño ensangrentada, levantando a ratos la cabeza para recibir una palmada de aliento entre cachorro y cachorro, en medio de la masa caliente y viscosa de su parto múltiple. Irguiéndose a duras penas cada vez que sonaba el timbre o la llave, por si fuera Vera. La imaginó buscándola con la mirada y esperando a que llegara.
.....- ¿Quieres un café? -oyó.
.....Se limpió las lágrimas y los mocos. No se había dado cuenta de que enfrente de su asiento estaba un chico sentado. Le dio vergüenza que la hubiera visto llorar.
.....- Vamos -dijo tendiéndole la mano-. Te sentará bien.
.....Echaron a andar entre los vagones. Vera notó que el chico caminaba raro, como a trompicones, dándose de vez en cuando con los asientos laterales en las caderas. Llevaba unos pantalones caídos que le arrastraban por detrás. Nunca en toda su vida se hubiera fijado Vera en él y, sin embargo, le había parecido que su olor... Vera se acercó y chocó sin querer la nariz en su espalda. Se le escapó una carcajada.
.....Cuando llegaron a la barra se pidieron dos cafés con leche.
.....- Ha dejado de llover - dijo él mirando por la ventanilla-. Y no sólo por fuera del tren.
.....- Sí, sí, ya se me ha pasado la llorera... Es que me has cogido en un momento de mierda. Voy a una ciudad donde sé que no me están esperando.
.....- Es la vida la que es inesperada.
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.....La miraba todo el tiempo. Pasaron más de diez minutos antes de que hiciera la pregunta.
.....- ¿Qué pensabas cuando estabas apoyada en el cristal?
.....No contestó.
.....- Estabas tan linda...
.....Se puso nerviosa. Nunca hablaba con desconocidos. Y sí, puede que la vida fuera inesperada, pero la suya no, porque su vida había sido siempre previsible y organizada, ajustada al guión. Hasta que él la dejó. En dos años, Vera no había sido capaz de encontrar la manera de desengancharse de Daniel. Dos años convertida en una enferma, en una adicta,en una yonqui de Daniel. El mensaje al móvil que había recibido por la mañana solamente era su chute en vena. Una mentira que Vera se había inyectado hasta sentir que golpeaba sus sienes como un péndulo de cemento: Estaciudadesunapuñaladasinti. Estaciudadesunapuñaladasinti.
Estaciudadesunapuñaladasinti.Y, luego, otra vez la oscuridad. Por eso se había ido a buscarle. Para que Daniel viera que ya no era más que un trapo capaz de arrastrarse cientos de kilómetros a por su chute de mentira.
.....Sin embargo, aquí estaba, vomitándole su vida a un desconocido.
.....Sonrieron. Hablaron de nada en particular. De los amigos, de las películas que les gustaban, de los libros que leían. Tararearon las melodías de las series de televisión que habían visto de pequeños. Enumeraron los discos de vinilo que conservaban. Y los cds. Y los conciertos. Vera le contó los lugares a los que había viajado, la receta que mejor sabía cocinar y lo del parto de su perra. Él acercó la mano a su pelo y la acarició. Ella levantó un poco la cabeza para sentir el tacto de su piel y su olor. La bestia de la habitación 407 era una perra de parto esperando una palmada de aliento. Un animal herido que recibía las caricias del desconocido como lametazos de ternura en una brecha abierta que empezaba a cicatrizar en un tren que la mecía.
.....Llegaron a la estación.
.....- Buena suerte, linda.
.....Y Vera le vio alejarse por el centro del andén con el mismo paso desgarbado con el que la había arrastrado por el pasillo de los vagones para invitarla a un café.

Fuente: LabanaBlog (Página No oficial dedicada a Mara Torres)

- TIME (Tiempo)

Time, la última metáfora sobre el tiempo del director coreano Kim Ki – Duk (Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera o Hierro 3). Después de unos años de relación, una mujer teme que el paso del tiempo haya gastado el deseo de su pareja hacia ella y decide transformar por completo su rostro y su cuerpo para que él siga amándola. Comienza entonces la búsqueda del deseo hasta la locura. Time es una historia radical y, en principio, poco verosímil, pero aborda uno de los temas fundamentales de la naturaleza humana: nuestra relación con el paso del tiempo. El director escribe: "La vida significa entender que nada dura para siempre". Cuando salgo del cine, me llevo colgada la película.

Qué extraño. Nada para siempre. No es posible que el tiempo acabe gastándolo todo. No. No puede pasar como un torrente llevándose por delante la pasión, el amor, la belleza o los sentimientos. El paso del tiempo es implacable, pero no puede ser más fuerte que el deseo, ni puede marcarlo o decidir sobre él. Tiene que haber otra forma de entenderlo.

Llego a casa. La película me ha descolocado y llevo mucho rato dando vueltas al concepto del deseo, el amor y el tiempo. Hay en el sofá un libro de Cernuda: La realidad y el deseo. Abro por la página 72: "Aunque sólo sea una esperanza.// Porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe". Respiro.
Respirar. La prueba más pequeña de que estamos vivos. Un acto ordenado y minúsculo en un mundo de vértigo. Un mundo 24 horas abierto invitándonos a consumir sin medida, a usar y tirar, a dejarlo todo viejo en un instante. Frente a él ha surgido una filosofía que nos propone que vivamos el tiempo sin prisas: el Movimiento Slow, que ya tiene miles de seguidores que quieren aprender a disfrutar del momento; que mastican despacio la comida en la boca para sentir su textura y su sabor (Slow – food frente a Fast – Food); que creen que hay que trabajar para vivir y no al revés; que disfrutan del sexo sin horas y de conversaciones que no estén repletas de palabras. Un elogio al placer de ir llenando lentamente la vida vacía. Quién sabe. Es posible que la magia esté en dejar de ir contrarreloj para coger al tiempo de la mano y caminar parsimoniosamente a su lado. Quizá esté la magia en dejar de matar el tiempo para empezar a vivirlo, cultivando dentro de él los placeres que le pertenecen –y nos agitan al respirar– para que no pueda robarlos. De enemigo a cómplice. Para que no haya que entender que nada dura para siempre. Aunque sólo sea una esperanza.

Fuente: Mara Torres para la revista VG (Marzo de 2007).

- HACIA LA MÚSICA (escrito por Mara en su anterior etapa profesional)

El otro día un oyente de Hablar por hablar me envió un correo electrónico donde me sugería para el programa la música de la película "In the mood for love" (Deseando amar), de Wong Kar-Wai. Yo había visto la película en el cine hace cuatro o cinco años y me gustó tanto que me compré el dvd y después, un buen amigo me regaló el cartel, que es tan bonito, y lo tengo apoyado en la pared al lado del sofá, de manera que lo veo cada vez que entro en la casa. Deseando amar es un película extraña de la que apenas tengo recuerdos nítidos sobre personajes o escenas, en cambio, recuerdo perfectamente las sensaciones que me inundaron al verla, los silencios llenos de palabras, los cuerpos encontrados sin rozarse, la seducción desde la invisibilidad.

Así que ayer por la tarde me fui a comprar el disco de la banda sonora y lo he puesto justo antes de empezar a escribir estas líneas. Casi me muero de la emoción al oír el primer tema, ¡es una música que andaba buscando desde hacía tiempo! Es una música que yo había escuchado antes en el anuncio de un coche en el que una mano va acariciando muy despacio algunos cuerpos. Siempre que veía el anuncio pensaba ¿de quién será esta música que me hace disfrutar tanto? ¡Y la he encontrado! Es de Shigueru Umebayasi, compositor habitual de Wong Kar-Wai. Gracias, oyente. Me siento afortunada. Creo que hoy es un día en el que he tenido mucha suerte.

Apenas sé nada de música. Sólo distingo entre la que me gusta y la que no. Entre las músicas que me conmueven, me animan, me entristecen o me alteran, y las que no. Entre las canciones que me cuentan algo y las que no. Las que me hacen estremecer y las que no. Me da completamente igual cuándo y quién las haya escrito y compuesto, si ocupan los primeros puestos en las listas de ventas o si no las conoce nadie, si están escritas en un idioma que entiendo o en una lengua que desconozco, solamente me dejo llevar por ese movimiento indescriptible que se me hace por dentro, entre las costillas y el ombligo. Como ahí se te agarre una música…

Recuerdo la última vez que lloré desconsoladamente con una canción. Estaba cenando pasta y tomando una copa de vino, cuando la persona que estaba conmigo se levantó, bajó un poco la luz y puso un disco. Sonó una canción. Voz y piano. En inglés. No era capaz de distinguir si quien cantaba era un hombre o una mujer porque tenía una de esas voces ambiguas, sin género, pero dejé el tenedor sobre el plato, me aparté un poco de la mesa y me puse a llorar. Me parecía desgarradora, tristísima. Sabía que me estaban hablando del vacío, de la ausencia, del después de amar, del dolor. “El cantante es Jimmy Scott -me dijo él-. La canción "Nothing compares to you” Me extrañé. Era una canción que yo había oído cientos de veces en la versión de Sinead O´connor. ¿Por qué me parecía entonces que en ese momento la estaba escuchando por primera vez? Supongo que porque, en definitiva, en ese momento, en esa forma lenta de hablar la canción que tiene Jimmy Scott, era la primera vez que la escuchaba.

Qué duda cabe que si nuestras vidas fueran libros, los marcadores de páginas serían las canciones que nos han ido acompañando a lo largo de los años porque el poder evocador de la música es tan fuerte como el de todas las magdalenas de Combray juntas y todo su tiempo recobrado. Cuántas veces he estado en un lugar cualquiera y ha sonado una canción que me ha llevado, sin avisar, hasta una noche en un café madrileño escondido a diez años de distancia. Porque la música no me lleva donde yo espero, sino hacia donde ella quiere llevarme. Por ejemplo, yo hubiera preferido que la bso de In the mood for love me hubiera llevado a cualquiera de las escenas que tiene la película, pero no, me ha llevado, misteriosamente, hasta un anuncio de un coche. Nunca soy yo la que elige el destino del viaje, sino ella. Es así siempre.

Está acabando el disco.

Me he marchado, sin darme apenas cuenta, a los silencios llenos de palabras. A los cuerpos encontrados sin rozarse. A la seducción desde la invisibilidad.

Fuente: Mara Torres para la revista Música de autor (Mayo de 2006)


Cuento:

EL MONSTRUO Y LA PRINCESA.

Al principio la princesa no le hizo caso. Le miró un par de veces sin ningún interés mientras él hablaba entre la gente. Pero cuando estaba a punto de marcharse y él se acercó, a ella le pareció ver que era distinto a todo lo que había conocido antes. Tenía unas alas en la espalda.

Así que cuando él le pidió que le diera la mano para que jugaran juntos, ella le dijo que sí. Le nacieron un par de alas... y el monstruo y la princesa se pusieron a volar.

A contracorriente.

Pero un día el viento les pegó fuerte. Cuando bajó, la princesa se quitó las alas en silencio, las metió en una cajita y las escondió en un lugar secreto.

Fuente: http://blog.rtve.es/la2noticias/ (Julio de 2009)